Lo que queda después de tres mañanas en un taller de dramaturgia con Arístides Vargas

Cierro el cuaderno anillado que estrené el sábado a la mañana con una convicción: quizá un taller de dramaturgia no busque que escribamos las tres mejores escenas de nuestras vidas, ni que imaginemos el diálogo más ingenioso. Acaso, además de lo obvio que es ablandar la mano e impulsarnos a empezar (por algún lado pero empezar), buscó algo oculto, impensado para una inexperta en la escritura dramática como yo, pretendió algo altamente desafiante para este siglo XXI. Buscó conectarnos con la escucha. Que aprendamos –o recordemos- el valor de escucharnos. 

Esa micro comunidad que se generó en torno a un taller y que giró alrededor del gran maestro Arístides Vargas logró desarrollar una escucha respetuosa, amena y amorosa de las piezas que, de a poco, casi una veintena de compañeros y compañeras perfilaron durante los tres días de encuentro. En Mar del Plata y en El Galpón de las Artes, el dramaturgo y creador del prestigioso grupo de teatro Malayerba ayudó a que comprendiéramos que la escucha sensible forma parte de la otra dramaturgia: está la dramaturgia del que dice y la dramaturgia del que escucha, según el docente. Y creo que ahí nos instalamos. 

Vimos cómo la escritura remueve durezas y callosidades, aviva miedos y libera fantasmas de tal magnitud que son capaces de hacernos llorar cuando leemos lo escrito. Nos conmovimos, respiramos y seguimos. Cada uno, cada una con una historia nacida de su propia experiencia y pasada por el tamiz de la imaginación. Muchas voces, muchas maneras, muchas formas de narrar. Siempre la guía de Arístides, quien entre consigna y consigna, definió aspectos centrales del teatro, de la dramaturgia, de los personajes. El concepto que me aportó mayor lucidez: que en una instancia de boceto, el personaje aún no es personaje, es una fuerza, un motor que va, que deviene constantemente. 

Quién sabe en qué terminarán estos textos emanados del taller. Quizá se evaporen en nuevas ideas, quizá crezcan hasta saltar a la puesta en escena, quizá se transformen en narrativa, en poesía o en simple anécdota, la de la vez que compartimos un espacio y un tiempo (tres mañanas de otoño)  con otras personas deseosas de aprender sobre la maravillosa magia del teatro. Y de paso aprendieron a ser mejores “escuchadores” y mejores espectadores de lo que ocurre en escena. Y si aprendieron eso, entonces seguro que aprendieron a ser mejores seres humanos. No está nada mal si pensamos que escucharnos es la condición anterior a poder entendernos. Creo que también la escucha es política.

Paola Galano



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