Argentina puso el cuerpo, la tecnología artesanal y el barro, la nostalgia del sur que busca sus raíces en el viento de los linajes. Perú desenterró mitos con un teatro que canta con la fuerza de los antiguos huacos. Ecuador se alzó con la fuerza de un volcán con una polifonía de colores. España cruzó de vuelta el océano son la poesía de las marionetas y la fuerza del reencuentro.
La noche del viernes no trajo el frío del otoño: trajo el fuego inicial. El ritual número treinta abrió con “Nascere”, no para separar sino para borrar líneas divisorias. Cada elenco arribó con la memoria de sus pueblos, y en el aire ya se respiraba ese misticismo del escenario y sus tablas cuando están a punto de arder. Las fronteras, esas cicatrices geográficas, empezaron a diluirse con el primer aplauso.
El sábado y el domingo, los cuerpos en el escenario no actuaron: fueron un canal de preguntas que movilizan con la presentación de “Rumbos: uno más uno tres”, del Colectivo Ámbar + Puentes Invisibles (Lima Quito), La Muertecita del Colectivo Ámbar (Lima). Así con la complicidad de cada espectador las funciones se volvieron un puente tendido sobre el abismo del olvido. Cada actor y actriz se volvió espejo, y evidenció que el dolor y la risa comulgan en cualquier latitud.

LA MIRADA DEL MAESTRO
En una butaca, en la fila central, habitó una presencia fundamental en este cruce. La mirada del maestro Arístides Vargas alimentó cada función y a su vez durante tres días transmitió sus conocimientos en un taller de dramaturgia que se dio en la intimidad del café de la sala. Una mirada que no juzga, una mirada con la sabiduría del cobijo; que no impone la dirección, sino que alumbra la niebla creativa.
“La vida es complicada pero luego todo se aclara”.
Donde el viento hace buñuelos, de Aristides Vargas
Bajo el seguimiento de su mirada, el Encuentro/ Cruce se convirtió en una reunión de náufragos que encontraron una isla en común: el teatro. Aristides, tejedor de ausencias y desenterrador de patrias perdidas, a su manera guió las naves de este encuentro hacia un puerto de honestidad creativa y poética.
LA DESPEDIDA
El lunes, coincidiendo con los vientos revolucionarios de mayo que hablan de los deseos de libertad, el encuentro “Cruzando Fronteras” llegó a su última estación con la función de “Luciérnaga Roja + Iaia”, y las marionetas de hilo de Aran Rey Araez.
No hubo llanto al finalizar, sino canto de siembra. Al finalizar cada función hubo un intercambio con preguntas y observaciones del público, y esa es la semilla que no sabemos cómo ni donde germinará.
Las grupalidades de Argentina, Perú, Ecuador y España se fundieron en un abrazo colectivo sobre las maderas gastadas.

Treinta encuentros / cruces de Cruzando Fronteras se resumieron en ese instante: un territorio libre, un mapa inventado por el arte donde la memoria se vuelve brújula y el único límite es la imaginación. Las luces se apagaron, pero los actores, las actrices y técnicos se llevaron el brillo de un fuego que tardará mucho tiempo en volverse ceniza.

