Al Galpón de las Artes

La disputa es la sensibilidad. Y estos son tiempos fieros para esa disputa, porque el apuro borra y confunde. Alguien que dice que es todo lo mismo es alguien que, ante todo, va apurado. Es una ley no escrita por la física social: el que va apurado desactiva la sensibilidad. No ve casi nada, no está en ningún lado, sólo quiere lo que le muestran a la pasada.

Aunque son pocos, hay lugares que van tranquilos, que respetan su esencia. Que recogen el guante con mucha espalda y se les animan a las grandes discusiones. Hay público para esas discusiones, hay un mundo por construir. El mundo todavía no está construido. De hecho, está en pleno proceso de deconstrucción.

Hay quienes dicen que los caminos se hacen al andar. Sí, en parte. Esos caminos son los de hacer las cosas bien. Los otros, los atajos, ya están hechos, son los inmediatos, los favoritos de los apurados. Los caminos de hacer las cosas bien hay que pensarlos, trazarlos, tomar decisiones: requieren de arremangarse y ponerse a trabajar.

El Galpón de las Artes es un ejemplo como pocos. Personas tenaces, sensibles, trabajadoras, talentosas. Acá hay una convicción profunda de que el arte no es un accesorio, sino una forma de estar en el mundo. Cuando un espacio elige, de forma genuina y con sinceridad, seguir el camino del bien, no necesita andar a los gritos. Habla con hechos, con treinta años de caminar y crear.

Este grupo de personas fundó un teatro, uno que es parte central de la historia artística de Mar del Plata. Hay que agradecerles a Claudia, Mariano, Emilia, Mónica Juarez, Mónica Canesa, Juan Ruiz, Alina Rodríguez, Emilio Santana y todo el equipo. Hicieron algo de verdad. Para el mundo de verdad.

Felicidades por estos treinta años. Gracias siempre.

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