La última creación dirigida y escrita por Claudia Balinotti, con investigación tecnológica de Mariano Tiribelli, se presenta en El Galpón de las Artes como una experiencia teatral que desarma la linealidad narrativa y expande los límites del lenguaje escénico contemporáneo.
En una época marcada por la velocidad, la fragmentación y el consumo inmediato de imágenes, Nascere, parte 1 aparece como un gesto a contramano: una obra que se detiene y escucha.
Estrenada en el Teatro El Galpón de las Artes, en Mar del Plata, esta creación dirigida y escrita por Claudia Balinotti, con investigación tecnológica de Mariano Tiribelli, se presenta como una experiencia teatral que desarma la linealidad narrativa y expande los límites del lenguaje escénico contemporáneo. Una escritura viva que logra una experiencia escénica donde el tiempo no avanza en línea recta, la muerte no es un final cerrado y la identidad humana se vuelve un territorio poroso, mutable, en constante devenir.
La obra es también un acontecimiento simbólico: se presenta como homenaje por los 30 años de vida de El Galpón de las Artes, una sala y un colectivo que desde 1996 sostienen una práctica teatral independiente, experimental y profundamente comprometida con el presente.
Nascere, parte 1 despliega una dramaturgia de múltiples capas que se comporta como una cinta de Moebius: no hay principio ni final claros, sino pliegues. Tiempo, memoria y muerte se entrelazan en planos simultáneos, espectrales, donde lo real y lo virtual conviven sin jerarquías.
En escena, tecnologías de punta dialogan con dispositivos reciclados; proyecciones, sonido envolvente y robótica artesanal que no funcionan como adornos, sino como lenguaje escénico. La estética de un texto retrofuturista y melancólico construye un universo sensible que interpela al espectador desde la percepción antes que desde la explicación.
Entre los personajes transitan El Tiempo, encarnado en un relojero astral; y La Muerte, como tejedora aporética. Aparece Emilia y sus múltiples desdoblamientos— Bastiano el padre, y sus Hijas—; todos parecen atrapados en fórmulas heredadas, intentando responder a las interrupciones de su mundo interior frente a la inminencia de la muerte. Pero la obra no busca respuestas conclusivas.
Nascere, parte 1 es, explícitamente, una primera parte. La obra completa forma parte de una investigación escénica más amplia sobre las relaciones entre lo humano y la máquina, y sobre cómo estas tensiones reconfiguran el teatro contemporáneo.
—Nascere se presenta como una investigación más que como una obra cerrada. ¿Por qué esa decisión?
—Porque para mí el teatro no es un objeto terminado, sino un proceso vivo. Nascere nace de una necesidad de investigación real, no de la idea acabada de “estrenar ”. Esta primera parte es un recorte, una indagación activada en el mismo territorio escénico mientras transcurre. La investigación necesita del espectador, necesita del aquí y ahora del escenario para seguir avanzando.
—El tiempo y la muerte son ejes centrales. ¿Qué te interesa explorar de ellos hoy?
—Me interesa poner en crisis la idea de tiempo lineal, esa sensación de que todo avanza hacia adelante de manera ordenada y cuestionar la representación estable del ser humano. El Texto ficciona sobre desarrollos de la ciencia, la filosofía, que nos dicen otra cosa: que el tiempo se pliega, se repite, se superpone. La muerte, en ese sentido, no aparece solo como final, sino como transformación, como umbral: viene para llevarse una vida, o viene para dejar una ausencia, es el huésped esperado desde siempre o es solo el anfitrión… toda esa ambigüedad me resulta profundamente teatral.
—La obra trabaja con múltiples Emilias. ¿Qué representa ese desdoblamiento?
—Emilia es una y son muchas. Es una mujer, una actriz, una niña, una novia, una voz que ensaya una obra que quizá nunca estrene. Me interesa esa coexistencia de presentes: somos lo que fuimos, lo que somos y lo que podríamos haber sido, todo al mismo tiempo. El espejo no duplica, revela.
—En Nascere la tecnología no es decorativa. ¿Cómo pensás su uso en escena?
—Crear la atmósfera y las imágenes que plantea este texto es posible gracias a la incorporación de la tecnología, por lo cual, la tecnología no resulta ser un efecto vacío. Tiene que crear cuerpos, sentidos, poética. Trabajamos con dispositivos tecnológicos como si fueran actores: producen emociones, generan símbolos, afectan la percepción. Lo tecnopoético es eso: cuando la máquina deja de ser herramienta y se vuelve lenguaje.
—El cuerpo ocupa un lugar central en tu concepción teatral. ¿Cómo lo definís en esta obra?
—Cuando hablo de cuerpo no hablo de virtuosismo ni de performance extrema. Hablo del cuerpo como escritura. El cuerpo significa, escribe el espacio, guarda la memoria cultural y social. Siempre ponemos el cuerpo. Sin cuerpo el teatro no existe. El acto de entrega —del actor, del director, del espectador— es también un acto de aprendizaje.
—Esta obra se estrena en el marco de los 30 años de El Galpón de las Artes. ¿Qué significa eso para vos?
—Es una felicidad enorme. El Galpón es un punto de amarre, un lugar donde el tiempo también se vuelve curvo. Estrenar Nascere acá no es casual: es un homenaje a una forma de hacer teatro, a un colectivo grupal dispuesto a diversos entrenamientos teatrales en busca de poética. Homenaje a una ética del trabajo artístico que cree en el riesgo, en la investigación y en el teatro como encuentro comunitario.
—¿Qué esperás del espectador que se acerque a Nascere, parte 1?
—No espero comprensión total. Espero disponibilidad. Que el espectador esté dispuesto a creer, a habitar la ilusión de verdad. Que se permita el desequilibrio perceptivo, la duda, el asombro. Que explore con nosotros.
—Tu trabajo en Nascere articula tecnología, escena y actuación. ¿Cómo definís ese rol?
—No pienso la tecnología como algo externo al teatro. Me interesa cuando la máquina entra en crisis junto con lo humano. En Nascere, los dispositivos tecnológicos no acompañan la escena: son parte de la dramaturgia. Respiran, fallan, generan tensión, producen sentido.
—¿Qué significa investigar lo humano–máquina en una obra teatral?
—Significa asumir que ya no somos “puros”. Nuestra percepción del tiempo, de la memoria, incluso del cuerpo, está atravesada por lo tecnológico. En escena trabajamos con motores, proyecciones, sistemas de control, robótica artesanal, pero siempre desde una lógica poética. La pregunta no es qué puede hacer la máquina, sino qué nos devuelve sobre lo humano.
—La obra trabaja con mundos paralelos y simultaneidades. ¿Cómo se traduce eso técnicamente en escena?
—Lo pensamos como capas que conviven: luces que no iluminan lo mismo, sombras que se duplican, proyecciones que no coinciden del todo con los cuerpos, sonidos que llegan desfasados. Técnicamente hay sincronías y asincronías buscadas. El error, el desfasaje, no se corrige: se incorpora como lenguaje.
—¿Qué lugar ocupa el espectador frente a este dispositivo escénico?
—El espectador no está frente a una historia para entender, sino dentro de una experiencia para atravesar. No buscamos comodidad perceptiva. Buscamos que el espectador explore junto a nosotros un cierto desequilibrio, una sensación de estar en más de un tiempo a la vez.
Al salir de la función, Marcos, espectador, intenta poner en palabras lo vivido. No describe la obra: la continúa.
Estrenar Nascere, parte 1 en el marco de los 30 años de El Galpón de las Artes no es solo un gesto celebratorio hacia atrás, sino una afirmación de futuro. La obra no conmemora: ensaya. Ensaya nuevas formas de decir, de mirar, de escuchar.
Y en ese ensayo —como en las vías que corren paralelas— artistas y espectadores comparten, por un instante, el secreto de estar siempre ahí, siempre siendo, el mundo es dinámico, impredecible. Como si el teatro, una vez más, se animara a hacer la pregunta que la tecnología sola no puede responder: ¿Qué hacemos con el tiempo que nos queda?